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Las grasas, reserva de energía

Son necesarias para realizar diversas funciones y, además, protegen los órganos y regulan la temperatura corporal.

Es sabido que las grasas son una importante fuente de energía y que, cuando consumimos más cantidad de la que nuestro cuerpo necesita, tendemos a aumentar de peso. Esa característica muchas veces les ha dado una mala imagen que en realidad no es del todo justificada.
De acuerdo con su composición química, las grasas se diferencian en saturadas e insaturadas. Entender la diferencia entre este tipo de grasas puede ayudar a comprender por qué debemos incorporarlas para lograr una alimentación equilibrada y cómo hacerlo.
En líneas generales, las grasas saturadas se encuentran en los alimentos de origen animal y las insaturadas, en alimentos de origen vegetal. Podemos también distinguirlas simplemente al observar su apariencia física. Si bien es cierto que éstas pueden aumentar el colesterol, eso no quiere decir que deban ser totalmente excluidas de tu alimentación. El principio que debe regir es que no existen alimentos malos, sino malos hábitos.
Las líquidas, en cambio, como es el caso de los aceites, corresponden a las insaturadas y podemos considerarlas como grasas “saludables”. A su vez, de acuerdo con su grado de insaturación, se clasifican en mono y poliinsaturadas. Las monoinsaturadas están presentes en el aceite de oliva, el de canola y el de maní. Los alimentos que contienen grasas poliinsaturadas son, sobre todo, los aceites elaborados con granos vegetales (maíz, girasol, etc.), nueces y peces de mares fríos, entre otros. Algunas grasas poliinsaturadas se denominan omega 3 y omega 6 y se destacan por sus efectos benéficos a nivel cardiovascular. Incorporar este tipo de grasas es esencial, porque nuestro cuerpo no es capaz de producirlas.
Existe otro tipo de grasas denominadas grasas trans. Éstas se encuentran principalmente en algunos alimentos industrializados en los que, a través de un proceso denominado “hidrogenación”, se busca obtener una grasa sólida a partir de un aceite. Dentro de nuestro cuerpo provocan el mismo efecto que una grasa saturada y pueden elevar el colesterol “malo”.
Como conclusión, no debemos eliminar por completo las grasas de nuestra alimentación. Se recomienda moderar el consumo, disminuyendo el de las grasas saturadas y aumentando el de las insaturadas. Recordemos que un 30 por ciento del total de la ingesta calórica diaria debe provenir de las grasas y que, de ese porcentaje, sólo un tercio deben ser grasas saturadas.